miércoles, 13 de abril de 2011

Samuel Taylor Coleridge- The Nightingale (El Ruiseñor)


The Nightingale


A Conversation Poem. April, 1798.

No cloud, no relique of the sunken day
Distinguishes the West, no long thin slip
Of sullen light, no obscure trembling hues.
Come, we will rest on this old mossy bridge!
You see the glimmer of the stream beneath,
But hear no murmuring: it flows silently,
O’er its soft bed of verdure. All is still,
A balmy night! and though the stars be dim,
Yet let us think upon the vernal showers
That gladden the green earth, and we shall find
A pleasure in the dimness of the stars.
And hark! the Nightingale begins its song,
"Most musical, most melancholy" bird!
A melancholy bird! Oh! idle thought!
In nature there is nothing melancholy.
But some night-wandering man whose heart was pierced
With the remembrance of a grievous wrong,
Or slow distemper, or neglected love,
(And so, poor wretch! filled all things with himself,
And made all gentle sounds tell back the tale
Of his own sorrow) he, and such as he,
First named these notes a melancholy strain.
And many a poet echoes the conceit;
Poet who hath been building up the rhyme
When he had better far have stretched his limbs
Beside a brook in mossy forest-dell,
By sun or moon-light, to the influxes
Of shapes and sounds and shifting elements
Surrendering his whole spirit, of his song
And of his fame forgetful! so his fame
Should share in Nature’s immortality,
A venerable thing! and so his song
Should make all Nature lovelier, and itself
Be loved like Nature! But ’twill not be so;
And youths and maidens most poetical,
Who lose the deepening twilights of the spring
In ball-rooms and hot theatres, they still
Full of meek sympathy must have their sighs
O’er Philomela’s pity-pleading strains.
 

My Friend, and thou, our Sister! we have learnt
A different lore; we may not thus profane
Nature’s sweet voices, always full of love
And joyance! ’Tis the merry Nightingale
That crowds, and hurries, and precipitates
With fast thick warble his delicious notes,
As he were fearful that an April night
Would be too short for him to utter forth
His love-chant, and disburthen his full soul
Of all its music!

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And I know a grove
Of large extent, hard by a castle huge,
Which the great lord inhabits not; and so
This grove is wild with tangling underwood,
And the trim walks are broken up, and grass,
Thin grass and king-cups grow within the paths.
But never elsewhere in one place I knew
So many nightingales; and far and near,
In wood and thicket, over the wide grove,
They answer and provoke each other’s song,
With skirmish and capricious passagings,
And murmurs musical and swift jug jug,
And one low piping sound more sweet than all—
Stirring the air with such a harmony,
That should you close your eyes, you might almost
Forget it was not day! On moon-lit bushes,
Whose dewy leaflets are but half disclosed,
You may perchance behold them on the twigs,
Their bright, bright eyes, their eyes both bright and full,
Glistening, while many a glow-worm in the shade
Lights up her love-torch.

A most gentle Maid,
Who dwelleth in her hospitable home
Hard by the castle, and at latest eve
(Even like a Lady vowed and dedicate
To something more than Nature in the grove)
Glides through the pathways; she knows all their notes,
That gentle Maid! and oft, a moment’s space,
What time the moon was lost behind a cloud,
Hath heard a pause of silence; till the moon
Emerging, hath awakened earth and sky
With one sensation, and these wakeful birds
Have all burst forth in choral minstrelsy,
As if some sudden gale had swept at once
A hundred airy harps! And she hath watched
Many a nightingale perched giddily
On blossomy twig still swinging from the breeze,
And to that motion tune his wanton song
Like tipsy joy that reels with tossing head.

Farewell, O Warbler! till to-morrow eve,
And you, my friends! farewell, a short farewell!
We have been loitering long and pleasantly,
And now for our dear homes.—That strain again!
Full fain it would delay me! My dear babe,
Who, capable of no articulate sound,
Mars all things with his imitative lisp,
How he would place his hand beside his ear,
His little hand, the small forefinger up,
And bid us listen! And I deem it wise
To make him Nature’s play-mate. He knows well
The evening-star! and once, when he awoke
In most distressful mood (some inward pain
Had made up that strange thing, an infant’s dream—)
I hurried with him to our orchard-plot,
And he beheld the moon, and, hushed at once,
Suspends his sobs, and laughs most silently,
While his fair eyes, that swam with undropped tears,
Did glitter in the yellow moon-beam! Well!—
It is a father’s tale: But if that Heaven
Should give me life, his childhood shall grow up
Familiar with these songs, that with the night
He may associate joy.—Once more, farewell,
Sweet Nightingale!
Once more, my friends! farewell.


El Ruiseñor

UN POEMA-CONVERSACIÓN, ESCRITO EN ABRIL DE I798

Ni una nube, ni un asomo del día que extingue
distingue al oeste, no hay ni una sola estría alargada
de luz mortecina, ni colores oscuros temblorosos.
¡Ven, descansaremos en este viejo Puente cubierto de musgo!
Contempla el destello de la corriente allá abajo,
pero escucha, no hay murmullos: fluye en silencio
por su suave cauce de verdor. Todo está en calma,
¡es una noche apacible! y aunque las estrellas estén veladas,
a pesar de ello pensemos en las lluvias primaverales
que alegran la tierra verde, y hallaremos
placer en la velada luz de estrellas
¡Y escucha! ¡El Ruiseñor comienza su canción,
«la más musical, la más melancólica»" de las Aves!
¿Un Ave melancólica? ¡Qué idea ociosa!
En la naturaleza no hay nada melancólico.
—Mas un Hombre vagabundo de la noche, cuyo corazón había sido traspasado
por el recuerdo de un penoso agravio
o de una lenta destemplanza, o de un amor contrariado,
(Y así, ¡pobre Desdichado! llenándolo todo con su ser
y creando toda clase de dulces sonidos que relatan de nuevo
sus propias penas), y aquel y aquellos que como él
fueron los primeros en llamar a estas notas canto de melancolía;
y tantos poetas que se hacen eco del ingenio,
Poeta, que se esforzó en afinar todas sus rimas
cuando mejor se hubiera esforzado en extender su cuerpo
junto a un arroyo en el claro del bosque cubierto de musgo
bajo la luz del sol o de la luna, bajo los influjos
de formas y sonidos y elementos mutables,
rodeando todo su espíritu, ¡de su canto
y de su fama olvidándose! Así su fama
habría de compartir la inmortalidad de la naturaleza,
¡cosa venerable! e igualmente su canto
habría de hacer que toda la naturaleza fuese más amada, y él mismo
fuese amado, ¡como la naturaleza!—Pero no habrá de ser así;
y jóvenes y doncellas llenos de poesía
que malgastan los profundos crepúsculos de la primavera
en salas de baile y en teatros calurosos, aún
llenos de mansa simpatía habrán de lanzar suspiros
al son de las melodías llenas de compasión de Filomela.
¡Amigo mío, y Hermana de este Amigo mío! hemos aprendido
una sabiduría diferente: ¡pues no debemos profanar
las dulces voces de la Naturaleza siempre llenas de amor
y de regocijo! Es el alegre Ruiseñor
que amontona, adelanta, y precipita
en un presuroso y denso trinar sus notas deliciosas
como si sintiese miedo de que una noche de Abril
fuera demasiado breve para permitirle cantar
su canción de amor, ¡y descargar su alma entera
de toda su música! Y conozco una arboleda
de gran extensión, que cerca un enorme castillo
en el que no mora ya el gran señor: así pues
esa arboleda se desboca en sotobosque enmarañado,
y los cuidados senderos se entrecortan, y la hierba,
una hierba rala y las campánulas crecen en los senderos.
Mas nunca en parte alguna encontré en un solo lugar
con tantos Ruiseñores: y lejos y cerca
en el bosque y en el matorral junto a la extensa arboleda
responde y se provocan a dar suelta a sus canciones—
entre la escaramuza y los pasajes caprichosos,
y murmullos musicales y un presuroso piar
y el sonido bajo de un trinar más dulce que todos los demás—
agitando con tal armonía el aire,
que si uno cerrase los ojos, ¡casi podría
olvidarse de que no llega el alba! En los arbustos, bajo la luz de la luna,
cuyo follaje cubierto de rocío apenas se abre a medias,
quizá llegues a verlos en las ramas,
sus ojos brillantes, brillantes, sus ojos brillantes y plenos,
destelleando, mientras en las sombras innumerables luciérnagas
encienden su antorcha de amor.

Una gentilísima doncella
que mora en su hogar hospitalario
junto al Castillo, y que con las últimas luces de la tarde
(Incluso como una Dama esforzada y dedicada
a algo más que a la naturaleza en la arboleda)
se desliza por los senderos; conoce todas sus notas,
¡esa gentil Doncella! y con frecuencia, en un instante,
cuando la luna se perdía tras una nube,
escuchaba una pausa en el silencio: hasta que la Luna
emergiendo, despertaba a la tierra y al cielo
con una sensación, y todos esos Pájaros despiertos
estallaron en un coro de canciones alegres,
¡como si una rauda y repentina Tempestad hubiese pulsado
cien arpas de aire! Y había advertido
como muchos Ruiseñores se posaban en un balanceo
de la rama en flor que seguía meciéndose en la brisa,
y con aquel movimiento armonizaban su canto caprichoso,
como la Alegría del borracho que bambolea la cabeza.
¡Adiós, Oh Cantor triste! hasta la tarde de mañana
¡y a vosotros, amigos míos! ¡adiós, un breve adiós!
Largo tiempo hemos estado ociosos y contentos,
Así que ahora vayamos a nuestros hogares añorados.
—¡De nuevo esa melodía!







¡Con cuánto agrado me quedaría!—Mi Niño querido,
quien, incapaz de producir sonido articulado,
lo quiere imitar todo con sus balbuceos,
¡cómo habría de colocar su mano junto al oído,
su manecita, con el meñique erguido,
para pedir que escuchásemos! Y me parece cosa sabia
convertirle en compañero de juego de la Naturaleza. Conoce ya
la estrella vespertina; y en cierta ocasión cuando despertó
en medio de un gran desasosiego (algún dolor interno
había provocado aquel extraño hecho, un sueño infantil)
me apresuré con él y hacia los árboles de nuestro huerto,
y tras contemplar la luna, se calla de pronto
suspendiendo sus sollozos, y se ríe en silencio,
¡mientras sus ojos claros que nadaban entre lágrimas no derramadas
resplandecían bajo un rayo amarillo de la luna! Bien—
He aquí el relato de un padre. Pero si el Cielo quisiera
darme vida, en su infancia habrá de crecer
acostumbrado a estas canciones, ¡para que con la noche
pueda asociar la Alegría! ¡Adiós de nuevo, dulce Ruiseñor! de nuevo,
¡amigos míos! adiós.

video



Referencia Electrónica: 
Autor: Samuel Taylor Coleridge
Título: The Nightingale
Crédito: Hernández Montero Cinthya Lucero

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