miércoles, 13 de abril de 2011

Edgar Allan Poe- The Sleeper

The Sleeper

At midnight in the month of June,
I stand beneath the mystic moon.
An opiate vapour, dewy, dim,
Exhales from out her golden rim,
And, softly dripping, drop by drop,
Upon the quiet mountain top.
Steals drowsily and musically
Into the univeral valley.
The rosemary nods upon the grave;
The lily lolls upon the wave;
Wrapping the fog about its breast,
The ruin moulders into rest;
Looking like Lethe, see! the lake
A conscious slumber seems to take,
And would not, for the world, awake.
All Beauty sleeps! -- and lo! where lies
(Her easement open to the skies)
Irene, with her Destinies!
Oh, lady bright! can it be right --
This window open to the night?
The wanton airs, from the tree-top,
Laughingly through the lattice drop --
The bodiless airs, a wizard rout,
Flit through thy chamber in and out,
And wave the curtain canopy
So fitfully -- so fearfully --
Above the closed and fringed lid
'Neath which thy slumb'ring sould lies hid,
That o'er the floor and down the wall,
Like ghosts the shadows rise and fall!
Oh, lady dear, hast thous no fear?
Why and what art thou dreaming here?
Sure thou art come p'er far-off seas,
A wonder to these garden trees!
Strange is thy pallor! strange thy dress!
Strange, above all, thy length of tress,
And this all solemn silentness!
My love, she sleeps! Oh, may her sleep,
As it is lasting, so be deep!
Soft may the worms about her creep!
Far in the forest, dim and old,
For her may some tall vault unfold --
Some vault that oft hath flung its black
And winged pannels fluttering back,
Triumphant, o'er the crested palls,
Of her grand family funerals --
Some sepulchre, remote, alone,
Against whose portal she hath thrown,
In childhood, many an idle stone --
Some tomb from out whose sounding door
She ne'er shall force an echo more,
Thrilling to think, poor child of sin! 
It was the dead who groaned within.

La durmiente

 A medianoche, en el mes de junio, 
permanezco de pie bajo la mística luna. 
Un vapor de opio, como de rocío, tenue, 
se desprende de su dorado halo, 
y, lentamente manando, gota a gota, 
sobre la cima de la tranquila montaña, 
se desliza soñolienta y musicalmente 
hasta el universal valle. 
El romero cabecea sobre la tumba; 
la lila se inclina sobre la ola; 
abrazando la niebla en su pecho 
las ruinas se van a dormir. 
Parecido a Leteo, ¡mira!, el lago 
parece que se entrega a un sueño consciente 
y no despertaría por nada del mundo. 
¡Toda la belleza duerme! Y ¡mira dónde reposa 
Irene, con sus destinos!

¡Oh, ilustre señora!, ¿cómo puede estar bien
esta ventana abierta a la noche?
El aire travieso, desde la cima de los árboles,
pasa riendo a través de la reja.
Aires incorpóreos, revoltoso brujo,
entran y salen de tu aposento revoloteando,
y mueve el dosel de las cortinas
tan caprichosamente -tan temerariamente-
por encima de la cercana y orlada cobertura
bajo la cual tu alma adormecida reposa escondida,
que, sobre el suelo y por las paredes abajo,
¡como fantasmas las sombras suben y bajan!
¡Oh, querida señora!, ¿no tienes miedo?
¿Por qué y qué estás tú soñando aquí?
¡Seguro que vienes de allende lejanos mares,
atraída por este jardín!
¡Extraña es tu palidez! ¡Extraño tu vestido!
¡Extraña, sobre todo, la longitud de tu trenza,
todo ese silencio solemne!

¡La señora duerme! ¡Oh, que pueda su dormir
que permanece, ser tan profundo
que el cielo la tenga bajo su sagrada protección!
Este aposento se preparó para otra más santa,
esta cama para otra más melancólica.
¡Rezo a Dios para que repose
con los ojos cerrados para siempre,
mientras los pálidos amortajados fantasmas pasan!

¡El amor mío duerme! ¡Oh, que pueda ella dormir,
tan profundamente como largo sea tu sueño!
¡Que los gusanos se deslicen hacia ella suavemente!
En lo profundo del bosque, oscuro y viejo
puede aparecer algún alto cofre para ella,
algún cofre que se abra frecuentemente
su negra tapa como unas alas,
triunfantes, sobre los pináculos de los palios,
de los grandiosos funerales de su familia
-algún sepulcro, remoto, solitario,
contra cuya tapa ella ha tirado
muchas piedras distraídas en su niñez-.
Alguna tumba de cuya chirriante puerta
ella no pueda forzar nunca más un eco,
temblando al pensar, ¡pobre niña de pecado!,
que eran los muertos que gemían dentro.

Autor: Edgar Allan Poe
Título: The Sleeper

Créditos: Jaimes Barragan Aviani

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